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martes, marzo 06, 2007

Mojones del mundo: Miguel Ángel Rodríguez

A petición de mi hermano Chocolate, y dada la risera que aún tengo después de leerlo 13 veces y media, os transcribo este trocico del libro "Memorias de un homo erectus" de Miguel Ángel Rodríguez (El Sevilla: la voz de los Mojinos Escozíos). Y bien, espero que os guste y si no que os den por... y tal y tal.

<< […] Oculista al que acudí en más de una ocasión, antes de hacer ese juramento donde me comprometí a no visitar más a ningún matasanos.

Una de esas veces que necesitaba de los servicios de dicho médico, portaba entre mis manos un mojón que pesaba aproximadamente trescientos cincuenta gramos, lo llevaba metido en un bote vacío, de esos donde vienen cinco kilos de melocotones en almíbar. Un mojón que es como llamamos por el sur a la "caca" cuando sale con forma de palo. Aunque aquello no era un palo: aquello era un tronco que medía aproximadamente cuarenta centímetros, y estaba aún tan caliente que tenía empañado el cristal del bote de melocotones.

Cuando entré en el hospital, lo primero que hice fue dirigirme a la ventanilla de información y preguntarle a la muchacha en qué planta estaba el oculista, a lo que contestó: "Es usted un cerdo".

Pero yo insistí en que quería visitar al oculista, y la recepcionista aquélla, por no continuar viendo cómo aquel mojón tan impresionante seguía empapando el cristal del bote de melocotones, me dijo que fuese a la cuarta planta. Al subirme en el ascensor, las tres personas que había dentro comenzaron a vomitar. Cuando por fin llegué a la cuarta planta, me di cuenta de que lo que allí estaba era el laboratorio de análisis clínicos, y yo buscaba al oculista, pues solamente él podía resolver mis problemas corporales y mentales.

Volví a montarme en el ascensor para subir hasta el séptimo piso, pues, según ponía en un cartel informativo de estos que hay en los hospitales, era donde se encontraba mi objetivo; en esta ocasión, al ver el bote de melocotones en almíbar, sólo vomitaron cuatro de los seis pasajeros del ascensor.

La muchacha del mostrador que recibía a los pacientes en la planta siete también vomitó y los pacientes que había en la sala de espera se fueron con la mano en la boca, como si tuviesen fatiga. Por esta razón, cuando el oculista dijo "el siguiente" no tuve que esperar, y entré con aquel zurullo que más bien parecía una barra de pan cuando la sacan del horno, pues aún mantenía el cristal del bote caliente y empañado.

El oculista no vomitó, pero encogió la nariz de tal forma y puso tal cara de asco que me haría falta todo un capítulo para describirla. Tragó saliva y me dijo:

- Dónde coño va usted con ese mojón que, por mi difunta madre, es el más grande que he visto en cuarenta años de profesión. Usted querrá lo vea un especialista del intestino, pero lo que no entiendo es qué puñetas hace aquí.

A lo que respondí, pegando un suspiro porque por fin había dado con el oculista y refiriendome al tronco que llevaba en el bote:

- Yo quería verlo a usted simplemente para hacerle la siguiente pregunta: ¿es normal que se me salten las lágrimas cada vez que cago uno de estos?

Nunca recibí respuesta. […] >>

Azquerozo no?, es lo que tiene...

vayeciyos

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2 comentarios:

  • A las 6/3/07 23:25 , Blogger vayeciyos ha dicho...

    y no lo olvidéis chicos, lo que no cabe o se despega porque Relaciones Publicadas tiene así como tierrecilla y el fixo (celo) no se adihere, lo podeis encontrar en http://vayeciyos.blogspot.com

    saludetes!

     
  • A las 13/3/07 17:15 , Anonymous Anónimo ha dicho...

    jaajja, genial... desde luego era un caso pal oculista jjaajja
    ah!! devuélmeme mi libro!!

     

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